Contemplar, por este orden, los siguientes valores: eficacia, confort/comodidad y estética.
Utilizar como referentes para determinar las medidas operativas del mobiliario, la antropometría, y en consecuencia, la ergonomía, en vez de la ofimática y de otros aparatos propios de una oficina.
Tener en cuenta las costumbres y los usos cotidianos, propios del personal que utiliza dichos espacios, en vez de las actividades puntuales o transitorias.
Priorizar las operativas estándares de cada puesto de trabajo, en vez de las actividades realizadas por personas concretas, identificables.
Seguir el protocolo propio de la corporación y de su actividad, por encima de las coyunturas puntuales.
Aplicar la perspectiva de género, previendo los puestos de trabajo, como mínimo, al 50%. En cualquier caso, siempre hay que hacer una discriminación positiva a favor del sexo/género que más inconvenientes encuentra por su propia idiosincrasia y anatomía, como es el femenino.
Respecto de la calidad de los materiales, cabe hacer hincapié en su limpieza y mantenimiento. Otros aspectos puntuales son la seguridad de su uso por parte de terceros y la propia integridad de cada mueble. No hemos de olvidar otros aspectos cualitativos como son:
- Que todos los espacios, y su mobiliario, deben ser dinámicos y versátiles.
- Hemos de intentar crear espacios ”2.5”, es decir: Zonas de trabajo en las que desarrollar una actividad resulte realmente agradable y que faciliten la comunicación interpersonal entre las distintas áreas de acción, creando, a la vez, espacios de encuentro.
- El origen del diseño y de la producción. El suministro y la reposición.
- El perfil ecológico de cada modelo.
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